Cuando un técnico decide meter mano en el once titular, no siempre es por capricho. A veces, es una declaración de principios. Y en Núñez, esa declaración tiene nombre y apellido: rotación masiva.
El entrenador de River Plate, en su búsqueda constante de frescura física y mental, planea un equipo alternativo para visitar a Atlético Tucumán. No es un ensayo menor: es un mensaje directo al plantel y a la hinchada. En un semestre donde cada punto pesa como una losa, meter cambios de fondo puede ser un acto de fe o una jugada de riesgo. Pero en el mundo River, donde la exigencia es ley, cualquier movimiento se mira con lupa.
¿Por qué ahora? Porque el calendario aprieta y las piernas piden pista. Con partidos cada tres días, la lógica indica que dosificar esfuerzos es clave. Sin embargo, la historia reciente del club muestra que las rotaciones extremas suelen generar más dudas que certezas. Recordemos aquella noche en el Monumental contra Godoy Cruz, cuando cinco cambios de golpe desdibujaron el funcionamiento y el equipo terminó pagando caro. El contexto actual no es muy distinto: River viene de una seguidilla de encuentros donde el desgaste se nota en las transiciones defensivas y en la falta de profundidad ofensiva.
Los nombres que asoman en el posible once alternativo no son improvisados. Hay futbolistas que vienen pidiendo pista desde el banco, como ese volante creativo que todavía no encontró su mejor versión, o ese delantero que llegó con cartel de goleador pero aún no explota. La pregunta es si tendrán la química necesaria para funcionar como bloque. En el fútbol argentino, donde los detalles definen partidos, meter tantas caras nuevas de golpe puede ser un arma de doble filo.
Si miramos los números, River promedia un 62% de posesión en lo que va del torneo, pero su efectividad en el último tercio bajó un 15% respecto al semestre pasado. Eso explica, en parte, por qué el entrenador busca variantes. En los entrenamientos de la semana, se vio un trabajo especial en sociedad entre los mediocampistas y los extremos, buscando romper líneas con pases filtrados. No es casualidad: ante equipos que se cierran atrás, como suele hacer Atlético Tucumán en su casa, la paciencia y la precisión son armas letales.
El historial entre ambos equipos en el José Fierro suma capítulos vibrantes. River ganó allí en tres de las últimas cinco visitas, pero siempre con sufrimiento. El año pasado, un gol agónico del entonces delantero estrella salvó un punto que supo a poco. Esta vez, con un equipo alternativo, el desafío es doble: sostener la intensidad sin perder identidad. Porque en River, la camiseta no entiende de rotaciones; exige resultados.
Más allá del once que salga a la cancha, lo que está en juego es la confianza en el proceso. El conductor del ciclo sabe que una derrota inesperada puede abrir grietas en un plantel que aún busca consolidarse. Por eso, esta rotación no es solo táctica: es psicológica. Busca que cada jugador se sienta importante, que el grupo entienda que nadie tiene el puesto asegurado. En un club donde la historia pesa más que cualquier planilla, esa gestión del ego es tan vital como la táctica.
En definitiva, lo que se juega en Tucumán va más allá de tres puntos. Es una prueba de fuego para un proyecto que necesita certezas. Si el equipo alternativo responde, habrá dado un paso gigante en la construcción de un plantel de 23 titulares. Si no, las dudas volverán a rondar el Monumental. Como siempre en River, el margen de error es mínimo. Y esa presión, bien manejada, puede ser el motor que empuje al equipo hacia adelante.
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